Historia de don Pedro Díaz Gutierrez, con los ojos de un niño de 9 años

DESDE MI DESPACHO OPINIÓN

Reflexiones desde mi despacho

Isabel Leñero

Escuchar a los mayores es a veces un ejercicio de paciencia, pero escuchar las historias que recuerdan de su infancia , puede convertirse en algo sorprendente, cuando desde un rincón de su memoria ,  rescatan historias como las que mi padre me cuenta una y otra vez de un personaje que da nombre a una calle de nuestro pueblo: DON PEDRO DÍAZ GUTIÉRREZ.
Don Pedro Díaz Gutiérrez fue un maestro que llegó a Beas, allá por finales de los años 30 y principios de los años  40 del siglo pasado. Lo recuerda como un señor, de un porte elegante, que llevaba siempre un enorme  reloj de oro, con una cadena del mismo metal.
Siempre bien vestido, siempre elegante, le parecía enorme.
Don Pedro Díaz Gutiérrez tenía a su cargo más de 100 niños, a los que daba clases por turnos.
A algunos de ellos, los empujó a estudiar una carrera, a pesar de que sus padres no pudiesen costearlo. El se encargó de hacer las gestiones, para que pudiesen tener un título.
  Los niños formaban parte de su familia( él no tenía hijos). Por eso, cada día un chaval tenía que ir a su casa, para hacerle  “ los mandaos” a su esposa, doña Constancita.
Doña Constancita vivía en una casa preciosa, con unos muebles maravillosos. Estaba tan limpia la casa, que se podía comer en el suelo. Doña Constancita era muy delicada, y cariñosa con los niños.
Don Pedro Díaz Gutiérrez, después de su trabajo en la escuela, paraba siempre en la tasca de Romana, en la plaza, donde se tomaba unas cuentas copillas de aguardiente con sus amigos.
Pero la labor de este maestro, dio un giro de 180 grados, cuando fue desahuciado( sabe Dios por qué) de la casa de alquiler que ocupaba en el pueblo. Todavía recuerda los muebles preciosos en medio de la calle, y todo el ajuar, la ropa, los enseres… Esa estampa se le quedó grabada al niño de 9 años que era entonces mi padre.
Don Pedro y doña Constancita, con lo puesto, regresaron inmediatamente a su pueblo de Palos de la Frontera, de donde eran oriundos y no volvieron jamás a Beas.
Sus muebles quedaron al fondo de la cuadra de algún amigo común .
“Si doña Constancita hubiese visto sus cosas en un pajar lleno de polvo, se hubiese muerto” suspira mi padre “Y ME QUEDÉ SIN EL MEJOR MAESTRO QUE HA PISADO BEAS, y me puse a trabajar”
Esa es la historia de don PEDRO DÍAZ GUTIÉRREZ vista con los ojos de un niño de 9 años, que 71 años después, todavía lo recuerda.

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