Martes Santo «Era de noche»

FE

Por José Ramón Verea Acosta

Vuestro amigo y cura

   Hoy, Martes Santo, la liturgia pone el acento sobre el drama que está a punto de desencadenarse y que concluirá con la crucifixión del Viernes Santo. «En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche» (Jn 13,30). Siempre es de noche cuando uno se aleja del que es «Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (Símbolo de Nicea-Constantinopla).
   El pecador es el que vuelve la espalda al Señor para gravitar alrededor de las cosas creadas, sin referirlas a su Creador. San Agustín describe el pecado como «un amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios». Una traición, en suma. Una prevaricación fruto de «la arrogancia con la que queremos emanciparnos de Dios y no ser nada más que nosotros mismos; la arrogancia por la que creemos no tener necesidad del amor eterno, sino que deseamos dominar nuestra vida por nosotros mismos» (Benedicto XVI). Se puede entender que Jesús, aquella noche, se haya sentido «turbado en su interior» (Jn 13,21).
   Afortunadamente, el pecado no es la última palabra. Ésta es la misericordia de Dios. Pero ella supone un “cambio” por nuestra parte. Una inversión de la situación que consiste en despegarse de las criaturas para vincularse a Dios y reencontrar así la auténtica libertad. Sin embargo, no esperemos a estar asqueados de las falsas libertades que hemos tomado, para
cambiar a Dios. Según denunció el padre jesuita Bourdaloue, «querríamos convertirnos cuando estuviésemos cansados del mundo o, mejor dicho, cuando el mundo se hubiera cansado de nosotros». Seamos más listos. Decidámonos ahora. La Semana Santa es la ocasión propicia. En la Cruz, Cristo tiende sus brazos a todos. Nadie está excluido. Todo ladrón arrepentido tiene su
lugar en el paraíso. Eso sí, a condición de cambiar de vida y de reparar, como el del Evangelio:
   «Nosotros, en verdad, recibimos lo debido por lo que hemos hecho; pero éste no hizo mal alguno» (Lc 23,41).
   Todos traicionamos a Jesús. Tanto Judas, dejándose dominar por Satanás y haciéndose un opositor declarado del Maestro, como Simón Pedro, que vive en una confusión de sentimientos.
   Pedro es un ejemplo impresionante de la ambigüedad que nos atraviesa. Por un lado, estamos dispuestos a dar la vida por Jesús, al menos en ciertos momentos. Por otro lado, nunca se sabe cuándo volveremos la cara para el otro lado, fingiendo que no le conocemos. Esa es nuestra debilidad. Y esa, en cierto modo, es nuestra pasión: esa repetida falta de consistencia en el sí que damos a Jesús. Por eso, conocemos muy bien el arrepentimiento desesperado de Judas y las lágrimas de Pedro.

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