Lunes Santo «Ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos»

SEMANA SANTA

Hoy, en el Evangelio, se nos resumen dos actitudes sobre Dios, Jesucristo y la vida misma. Ante la unción que hace María a su Señor, Judas protesta: «Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?’» (Jn 12,4-5). Lo que dice no es ninguna barbaridad, ligaba con la doctrina de Jesús. Pero es muy fácil protestar ante lo que hacen los otros, aunque no se tengan segundas intenciones como en el caso de Judas.

Cualquier protesta ha de ser un acto de responsabilidad: con la protesta nos hemos de plantear cómo lo haríamos nosotros, qué estamos dispuestos a hacer nosotros. Si no, la protesta puede ser sólo —como en este caso— la queja de los que actúan mal ante los que miran de hacer las cosas tan bien como pueden.

María unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos, porque cree que es lo que debe hacer. Es una acción tintada de espléndida magnanimidad: lo hizo «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro» (Jn 12,3). Es un acto de amor y, como todo acto de amor, difícil de entender por aquellos que no lo comparten. Creo que, a partir de aquel momento, María entendió lo que siglos más tarde escribiría san Agustín: «Quizá en esta tierra los pies del Señor todavía están necesitados. Pues, ¿de quién, fuera de sus miembros, dijo: ‘Todo lo que hagáis a uno de estos pequeños… me lo hacéis a mí? Vosotros gastáis aquello que os sobra, pero habéis hecho lo que es de agradecer para mis pies’».

La protesta de Judas no tiene ninguna utilidad, sólo le lleva a la traición. La acción de María la lleva a amar más a su Señor y, como consecuencia, a amar más a los “pies” de Cristo que hay en este mundo.

Parece que la información del impacto del perfume de nardo puro que usó María para ungir los pies de Jesús sea inútil. Sin embargo, este detalle es cualquier cosa menos inútil: nos habla del significado de los pequeños gestos de amor y belleza que no serán nunca olvidados. La muerte más terrible no es la muerte física. Es cuando dejamos de ser humanos, cuando embrutecemos nuestros sentidos asumiendo la violencia, cuando nos volvemos incapaces de expresar, a través de símbolos, nuestros sentimientos.

El gesto de María nos recuerda que el amor, la delicadeza, la atención, el cuidado del otro, los signos de belleza son absolutamente necesarios y marcan la diferencia en las horas más difíciles. El perfume aquí es una forma de oración.

Vuestro amigo y cura.

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