Jueves Santo: «Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros»

SEMANA SANTA

Por José Ramón Verea Acosta

Vuestro amigo y cura

 
   Hoy recordamos aquel primer Jueves Santo de la historia, en el que Jesucristo se reúne con sus discípulos para celebrar la Pascua. Entonces inauguró la nueva Pascua de la nueva Alianza, en la que se ofrece en sacrificio por la salvación de todos. 
  En la Santa Cena, al mismo tiempo que la Eucaristía, Cristo instituye el sacerdocio ministerial. Mediante éste, se podrá perpetuar el sacramento de la Eucaristía. El prefacio de la Misa Crismal nos revela el sentido: «Él elige a algunos para hacerlos partícipes de su ministerio santo; para que renueven el sacrificio de la redención, alimenten a tu pueblo con tu Palabra y lo reconforten con tus sacramentos».
   Y aquel mismo Jueves, Jesús nos da el mandamiento del amor: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). Antes, el amor se fundamentaba en la recompensa esperada a cambio, o en el cumplimiento de una norma impuesta. Ahora, el amor cristiano se fundamenta en Cristo. Él nos ama hasta dar la vida: ésta ha de ser la medida del amor del discípulo y ésta ha de ser la señal, la característica del reconocimiento cristiano.
   Pero, el hombre no tiene capacidad para amar así. No es simplemente fruto de un esfuerzo, sino don de Dios. Afortunadamente, Él es Amor y —al mismo tiempo— fuente de amor, que se nos da en el Pan Eucarístico.
   Finalmente, hoy contemplamos el lavatorio de los pies. En actitud de siervo, Jesús lava los pies de los Apóstoles, y les recomienda que lo hagan los unos con los otros (cf. Jn 13,14).
Hay algo más que una lección de humildad en este gesto del Maestro. Es como una anticipación, como un símbolo de la Pasión, de la humillación total que sufrirá para salvar a todos los hombres.
   El teólogo Romano Guardini dice que «la actitud del pequeño que se inclina ante el grande, todavía no es humildad. Es, simplemente, verdad. El grande que se humilla ante el pequeño es el verdaderamente humilde». Por esto, Jesucristo es auténticamente humilde. Ante este Cristo humilde nuestros moldes se rompen. Jesucristo invierte los valores meramente
humanos y nos invita a seguirlo para construir un mundo nuevo y diferente desde el servicio.
   En el evangelio de Juan no hay narración de la Cena. La mirada del evangelista se fija en el gesto del lavado de los pies. Jesús se coloca en la posición más servil y lava los pies de sus discípulos.
   El diálogo con Pedro es muy real. Pedro dice: «No me lavarás los pies jamás. No tiene sentido. Debemos ser nosotros los que te lavemos los pies». De hecho, no tiene sentido. Jesús no es nada razonable. Pero con ese gesto incomprensible, Jesús nos enseña una cosa: lo que redime nuestra vida, lo que nos salva, no son las cosas razonables que hacemos. Sólo el exceso
de amor puede acrecentar la vida. La pasión de Jesús exhibe ante nuestros ojos el amor desmedido que ofrece a cada persona.

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