Con móvil si, Pero sin Alma

OPINIÓN

EL MURO

Por Antonio de Padua Díaz

Sobre el asunto que hoy me ocupa tenía ganas de escribir hace ya bastante tiempo. El móvil, ese aparato que anteriormente llamábamos teléfono, que te dejas olvidado en casa y te entra una ansiedad impropia de cualquier ser vivo que se denomine racional. No digamos ya si te lo has dejado en cualquier otro sitio o si ni siquiera recuerdas el lugar, pues la alteración nerviosa se convierte en un aumento de la tensión arterial digna de ingreso urgente en centro hospitalario en los casos más agudos, o en un ataque de esquizofrenia paranoide merecedora de estudio psiquiátrico.


El teléfono, el de antes, lo manteníamos atado, amarrado por un cable a una mesa, a nuestra disposición para ser utilizado por nosotros -sujetos activos entonces, detalle importantísimo éste- cuando fuera realmente necesario y absolutamente preciso. Nada más. Existían honrosas excepciones, claro. Por ejemplo, cuando te echabas la primera novia o hablabas con algún amigo muy cercano; ahí te alargabas hasta que tu padre (especialmente) o madre te indicaba de viva voz y modo poco amable que colgaras ya.


Y, por descontado, que si alguien tenía que localizarte para comunicarte algo urgente o importante lo conseguía, porque si no estabas en casa andarías en el trabajo, en la escuela, instituto o donde quiera que fuera. De hecho, recuerdo que cuando falleció mi abuela paterna estaba yo en la calle divirtiéndome con mis amigos y dieron conmigo más pronto que tarde.


O sea, y resumiendo que es gerundio: existía un instrumento a nuestro servicio, el teléfono.


Ahora no; en estos tiempos el móvil es tu puto amo y señor, física y, sobre todo, mentalmente. No eres nadie si no tienes móvil; si no andas conectado eres un analfabeto funcional y, lo que es peor, te conviertes en un poscrito social. Y así suceden hechos tan patéticos como el de ver a chavales y chavalas sentados en grupo en un banco sin dirigirse ni media palabra, pegados todos a las respectivas pantallitas del puñetero teléfono. Padres y madres que ya no van atentos a sus hijos, sino que caminan pendientes del móvil, sacudidos permanentemente por el wasap. Esto último es un hecho que me produce muchísima tristeza y pena, porque no puede ser que lleves en un carrito a tu bebé o de la mano a tu pequeño y en lugar de hablarle, sonreírle o hacerle mimos te dediques a estar pendiente del teléfono. ¿Es más importante cualquier conversación que tu propio hijo? ¿De verdad que no puede esperar ese wasap, esa llamada?


Por no hacer referencia al progenitor que lo primero que hace para distraer al niño no es dedicarle tiempo jugando con él, leyéndole un cuento o hablándole, sino que le da el teléfono para distraerlo, enganchando a su propio hijo bien pronto a una pantalla en vez de interactuar con él, como debería hacer si fuera un padre o una madre sensato y responsable.


Hace unos días vi a una señora con un crío en brazos; éste sujetaba como podía en sus manitas un pañal sucio y un tetrabrik pequeño de zumo, mientras que ella, parada en medio de la calzada de una calle, manipulaba el móvil. Sin duda, el niño cargaba los objetos porque la abuela se los había dado para poder escribir un wasap. Como era de esperar se le cayeron cartón y pañal y la mujer recriminó al pobre crío, dejó la basura en el suelo y continuó caminando. ¿Este es el ejemplo que queremos dar a nuestros hijos y nietos? ¿La inmediatez es más importante, cabal y edificante que el amor, cariño y atención a los más pequeños y jóvenes?


Después, cuando esos niños y jóvenes crezcan, se hagan adultos y tengan sus propias vidas, curtidas en las prisas, la inmediatez, la comodidad y el egoísmo, no nos lamentemos de como abandonan a sus mayores en residencias, en las cuales la soledad mata más -mucho más, no os quepa duda- que cualquier enfermedad que pudieran contraer.

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